La cultura urbana proporciona pocos espacios para recuperar antiguas sensaciones. Como la magdalena de Proust, a mí el olor de la tierra me evoca sentidos recuperados e imágenes de lugares que la expansión de los pueblos ha enterrado definitivamente en la memoria. En las ciudades el dióxido de carbono de los automóviles ha matado a los olores; antes de la sesión de Alberto Sebastián en Bilborock di un paseo por Bilbao y esta sentencia se formuló en la constatación de mis andares. Así que tengo que reconocerlo: fui a escucharle con la predisposición especial que crea juicios encaminados a favorables opiniones.
Este dictamen se mantuvo aunque las historias contadas tuvieron poco que ver con ese «olor a tierra» que tantas evocaciones me había despertado. Y es que el punto en común de estos cuentos fue la referencia a la crisis económica actual y su generador: la codicia y quien la practica: ladrones, chorizos, avariciosos de siempre que cambian de formas con el transcurrir del tiempo. Todo impregnado con la recuperación de los cuentos tradicionales en los que Alberto Sebastián se mueve, gesticula y dice con la sencillez y cercanía de los antiguos contadores. El poder de las palabras nos hace vivir lo que se cuenta; escuchar cuentos nos hace probar la realidad acercándola incluso con historias fantasiosas; lo más disparatado puede explicarnos verdades como puños, reconocidas en el relato que nos tiene atrapado; el juglar y el cuentacuentos atrapaban con los gestos, y creo reconocer en estos que nuestro contador colabora con el grupo de teatro "La Machina" de Santander.Así me fue ganando en el transcurso de la sesión. Al principio, de una impresión de su modo de narrar precipitada y balbuciente, recibí luego las pausas, la entonación y los énfasis como gracias que enriquecieron y reforzaron los cuentos.
Seis cuentos que desde la tradición marroquí con el fabricante de dulces arruinado, a el rey poeta de Sevilla y el ladrón Halcón gris, del libro de Joseba Sarrionaindia "No soy de aquí"; desde Juan, el buscador de trabajo que acaba de ladrón, de la tradición cántabra, a el billetero congelado, de la India; desde los mercaderes, de la cultura popular turca, para acabar con una de viejos y de herencias; nos hicieron experimentar con satisfacción que estábamos frente a un buen narrador. Había algo más que actitud y entrega en la figura de este contador para atrapar al público: su capacidad de transmisión quedó al final de la sesión sin desvanecerse.
Félix Martínez Aristín

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